Y A MÍ…, ¿QUÉ SE ME HA PERDIDO EN CUENCA?

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“Y  a mí…, ¿qué se me ha perdido en Cuenca?”.  Esta fue la respuesta que Fernando Zóbel dio a la proposición de Gustavo Torner para visitar las Casas Colgadas de Cuenca para enclavar allí el Museo de Arte Abstracto Español.

Si hacemos una primera reflexión sobre la España de posguerra, y más concretamente de una pequeña ciudad de provincias como lo era Cuenca, comprenderemos que un arte tan extraño en nuestro país y nada atendido por el Régimen, supusiera una verdadera revolución. Hablamos de los años sesenta. Qué se le pudo perder en Cuenca a un joven filipino, licenciado por la Universidad de Harvard, que no paraba de viajar por todo el mundo, conocedor de varios idiomas y que pudo saber de primera mano el arte de vanguardia que se hacía en otros países y que incluso  compartía espacio expositivo con artistas españoles que anhelaban poder desarrollar su obra en su país natal…

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Torner y Zóbel se habían conocido en la Bienal de Venecia en 1962. De la amistad que surge entonces partirá la colaboración futura para conseguir que las obras que atesoraba Fernando Zóbel en su casa de Madrid, y donde ya apenas tenía espacio expositivo, lograran  marcar un hito en el panorama artístico internacional. El 30 de junio de 1966 se hizo una inauguración formal para las autoridades, pero la del 1 de julio fue  la inauguración que todos ellos quisieron. Fue una reunión de amigos y artistas atraídos por la iniciativa pionera de crear un museo que fuera más allá de ser una mera sala de exposiciones. Se convertiría en un lugar de encuentro de artistas, de trabajo, de reflexión y crítica… Estarán, entre otros, Rafael Canogar, Eduardo Chillida, Luis Feito, José Guerrero, Antonio Saura, Antoni Tapies, Eusebio Sempere, Jordi Teixidó…Así se crea un museo con aire familiar, impulsado por una colonia de artistas. El museo como un lugar de encuentro y de trabajo.

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Torner y Rueda ayudan a Zóbel a adecuar las obras a los espacios. También compraba obra en particular para un determinado lugar o se ponía en contacto con muchos de los artistas abstractos para ayudar a buscar el sitio perfecto o más adecuado para sus obras, haciendo que se desplazaran hasta Cuenca.

Zóbel no solo trajo al museo sus obras como coleccionista, sino que atrajo a muchos artistas a vivir a Cuenca, y también a galeristas y editores. La mayoría compraron casa en la parte alta de la ciudad y trabajaban allí. Entre otros, se fueron instalando Torner, Saura, Millares, Rueda, Antonio Lorenzo, Sempere y José Guerrero. En el museo trabajaron como colaboradores Jordi Teixidó y Jose María Iturralde. Contagiaba su entusiasmo por el proyecto. De ahí que no fuera nada extraño encontrarse a muchos de ellos tomando un refrigerio en cualquier terraza de la plaza mayor, mientras charlaban sobre sus procesos de creación o conocían y debatían las noticias artísticas que leían en los periódicos y publicaciones internacionales a las que estaba suscrito Fernando Zóbel. Una suerte para un momento en el que Google quedaba aún muy lejos de ser herramienta informativa y de búsqueda para conocer la actividad artística de otros artistas en el mundo. Lejos de lo que se pueda pensar los nuevos creativos habitantes no reformaban las casas para darlas un aire moderno, sino que respetaban sus raíces culturales.

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Cuenca fue una rica ciudad, muy poblada desde los siglos XV y XVI hasta el XIX. De ahí que las edificaciones intentaran ganar espacio colgándose de la hoz, haciendo singular por ello a la arquitectura conquense. En el momento en el que Gustavo Torner piensa en las famosas Casas Colgadas las viviendas de la parte antigua de Cuenca habían sufrido un abandono progresivo y muchas de ellas se encontraban en precarias condiciones. Cuenca se caía a pedazos. Cuando ambos amigos se reúnen con el teniente alcalde de Cuenca, el edificio gótico está siendo restaurado. Rodrigo de la Fuente le da todas las facilidades y hace una apuesta de futuro a pesar de que en la ciudad triunfaba el arte sacro y el figurativo. En el resto del país se mima al arte institucionalizado que nada tiene que ver con la abstracción.

El museo fue el eje que posibilitó, a través del arte, la recuperación de un núcleo urbano en decadencia. La ciudad cambió para siempre, transformaron  la vida sociocultural.

He visitado el museo en varias ocasiones y por motivos diferentes. En todas y cada una de ellas he sentido coherencia: en la adecuación de las obras al espacio arquitectónico, en el hilo argumental del recorrido, en la presencia importantísima del paisaje de farallones de piedra, vegetación y edificación que se integra al museo por los vanos abiertos en sus balcones y ventanas. Cuenca abstracta, Cuenca  “la maravillosa” como la llamaba Zóbel, un conquense más. La primera obra suya que colocó en el museo fue Máquina de volar en blanco y negro que, según sus palabras, fue “como plantar una bandera”.

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La última vez que visité el Museo de Arte Abstracto Español fue con motivo del aniversario de su creación (1966-2016). Un buen momento para nuestra ciudad que goza ya de más de veinte años de ser declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Mis percepciones positivas anteriores fueron superadas o confirmadas. Primero vi que la puerta de acceso se había convertido en un gran escaparate que invita a fundirte en él. La nueva entrada de acceso, unos pasos más a la derecha, te recibe y sitúa al principio de un recorrido que transluce la nueva remodelación y reordenación de espacios. Se ha mejorado la accesibilidad, recorridos y funcionalidad museística.  Siempre me llamó la atención ese maravilloso suelo de mármol travertino español tan cálido. Todo es armónico, generoso, luminoso e inteligente en el museo. Cuando llegué a la nueva sala que ha sido adherida del mesón Casas Colgadas (ahora cerrado), pensé que estaba ante un pequeño museo en sí. El suelo enmoquetado, las paredes y columnas blancas potenciando el atractivo de unas nuevas obras que hilan perfectamente el recorrido, que suman.

Obras pictóricas de Fernando Zóbel, Soledad Sevilla, Millares, José María Iglesias y Gustavo Torner; esculturas de Chillida, Susana Solano, Oteiza, Gerardo Rueda y unas maravillosas vistas del balcón a la Hoz del Huécar.

Sigo observando, sorprendiéndome de nuevo y vuelvo a maravillarme de que Zóbel cuidara de los detalles hasta el punto de que se preocupara de avisar de vez en cuando a los albañiles, durante las obras de restauración de las casa, para que respetaran las vigas de madera del techo. Es de agradecer. La abstracción es composición y el museo es una obra de arte en sí.

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Una de las novedades ha sido la muestra de algunos de los cuadernos de Fernando Zóbel. Le acompañaron a lo largo de su vida. Se contaba que viajaba con un abrigo en cuyo forro interior estaban cosidos muchos bolsillos donde colocaba los blocs. Su primera caja de pinturas fue comprada en su primer viaje a Nueva York. Me siento una privilegiada por haber asistido en el museo a una exhibición de los cuadernos de apuntes para un reducido número de personas antes de que viajaran a Madrid a la Fundación Juan March para su catalogación. Registros de sus viajes, caricaturas, notas descriptivas y con humor inteligente y también fiel reflejo de su manera de trabajar (apunte, dibujo, boceto y cuadro) ayudado de fotografías. Collages de su pensamiento brillante y agilidad mental y gestual. Eran cuadernos personales, no pensados en su origen para ser expuestos. Son verdaderas joyas. Me llamó la atención su pulcritud, la calidad de los materiales, unas características que transcienden al museo.

Casi finalizando el recorrido, unas pequeñas estancias llenas de obra gráfica y representativas de la actividad artística y documental de muchos de los artistas expuestos nos conducen a algunas  sorpresas más, como el artesonado de madera policromada de las genuinas Casas Colgadas, el escudo del canónigo Gonzalo González de Cañamares y un mural gótico con escena de banquete. Es un broche excelente a todo el planteamiento que ya empieza recorrido con una celosía de tracerías flamígeras en el arranque de la escalera que conduce a la primera planta.

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En su trayectoria, el museo ha recibido numerosos premios y reconocimientos a nivel internacional. En diciembre del año de la inauguración, 1966, Alfred H. Barr, fundador y primer director del MOMA en Nueva York visita el museo de Cuenca junto a su esposa. Lo considera como “el más bello del mundo”. La carta que recibe Fernando Zóbel tras la visita está expuesta en una pared cronológica que resume los cincuenta años de vida del museo.

Una fecha importante sin duda para el museo fue el año 1980. Se produce la donación a la Fundación Juan March de toda su colección de pintura, escultura, dibujo y obra gráfica, así como su biblioteca personal, sus diarios y más de ciento treinta cuadernos de apuntes. Otra muestra más de su generosidad.

El aniversario ha supuesto un homenaje a los artistas de una generación que arriesgaron y vencieron, capitaneados por Zóbel. La Fundación Juan March ha hecho posible la entrada gratuita al museo a todos sus visitantes y, con la ocasión de la cesión por parte del ayuntamiento de parte del mesón Casas Colgadas, se han podido ampliar los espacios destinados a la exhibición permanente y temporal y aumentar ligeramente el número de obras expuestas.

La reapertura también supone una ampliación del taller pedagógico. He asistido con mis hijos a talleres y espero que, por parte de la comunidad educativa, se siga apostando por dar a conocer a los niños el arte abstracto desde no solo la visita a la colección, sino también como hacedores de arte.

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El museo ha recuperado  espacios polivalentes destinados a su biblioteca de investigación, a la biblioteca personal cedida por Zóbel y al archivo histórico del museo. Se recuperan también otros ámbitos de uso diverso para sus actividades y sus colecciones de obra gráfica y libro de artista.

Recomiendo con fervor la visita a este lujo de museo que el humanismo de un gran artista nos regaló y que refleja por todos lados un respeto por el trabajo bien ejecutado, el compañerismo y cuidado de sus coetáneos artistas y el amor a una ciudad.

Texto: © Laura Moya Romero

Fotografía: © Luis Moya

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